jueves, 11 de marzo de 2010

ode to time

Ode to Time

Oh Time!
You primordial bitch,
How I have consumed
To forget you,
The aesthetic poem,
The structured verse
The artistic imperative,
My devotion
To a playground game
Designed for laughter.
And through it all,
Your trepid breath
Upon my neck,
An echo of dusk,
Your cycle of mockery.
Oh Time!
You primordial bitch,
You spurned me then,
I’ll spurn you always.

martes, 29 de septiembre de 2009

lunes, 13 de julio de 2009

borges

Jorge Luis Borges
(1899–1986)


LAS RUINAS CIRCULARES
(El jardín de senderos que se bifurcan (1941;
Ficciones, 1944)
And if he left off dreaming about you...
Through the Looking-Glass, VI

NADIE LO VIO desembarcar en la unánime noche, nadie vio la canoa de bambú sumiéndose en el fango sagrado, pero a los pocos días nadie ignoraba que el hombre taciturno venía del Sur y que su patria era una de las infinitas aldeas que están aguas arriba, en el flanco violento de la montaña, donde el idioma zend no está contaminado de griego y donde es infrecuente la lepra. Lo cierto es que el hombre gris besó el fango, repechó la ribera sin apartar (probablemente, sin sentir) las cortaderas que le dilaceraban las carnes y se arrastró, mareado y ensangrentado, hasta el recinto circular que corona un tigre o caballo de piedra, que tuvo alguna vez el color del fuego y ahora el de la ceniza. Ese redondel es un templo que devoraron los incendios antiguos, que la selva palúdica ha profanado y cuyo dios no recibe honor de los hombres. El forastero se tendió bajo el pedestal. Lo despertó el sol alto. Comprobó sin asombro que las heridas habían cicatrizado; cerró los ojos pálidos y durmió, no por flaqueza de la carne sino por determinación de la voluntad. Sabía que ese templo era el lugar que requería su invencible propósito; sabía que los árboles incesantes no habían logrado estrangular, río abajo, las ruinas de otro templo propicio, también de dioses incendiados y muertos; sabía que su inmediata obligación era el sueño. Hacia la medianoche lo despertó el grito inconsolable de un pájaro. Rastros de pies descalzos, unos higos y un cántaro le advirtieron que los hombres de la región habían espiado con respeto su sueño y solicitaban su amparo o temían su magia. Sintió el frío del miedo y buscó en la muralla dilapidada un nicho sepulcral y se tapó con hojas desconocidas.
El propósito que lo guiaba no era imposible, aunque sí sobrenatural. Quería soñar un hombre: quería soñarlo con integridad minuciosa e imponerlo a la realidad. Ese proyecto mágico había agotado el espacio entero de su alma; si alguien le hubiera preguntado su propio nombre o cualquier rasgo de su vida anterior, no habría acertado a responder. Le convenía el templo inhabitado y despedazado, porque era un mínimo de mundo visible; la cercanía de los leñadores también, porque éstos se encargaban de subvenir a sus necesidades frugales. El arroz y las frutas de su tributo eran pábulo suficiente para su cuerpo, consagrado a la única tarea de dormir y soñar.
Al principio, los sueños eran caóticos; poco después, fueron de naturaleza dialéctica. El forastero se soñaba en el centro de un anfiteatro circular que era de algún modo el templo incendiado: nubes de alumnos taciturnos fatigaban las gradas; las caras de los últimos pendían a muchos siglos de distancia y a una altura estelar, pero eran del todo precisas. El hombre les dictaba lecciones de anatomía, de cosmografía, de magia: los rostros escuchaban con ansiedad y procuraban responder con entendimiento, como si adivinaran la importancia de aquel examen, que redimiría a uno de ellos de su condición de vana apariencia y lo interpolaría en el mundo real. El hombre, en el sueño y en la vigilia, consideraba las respuestas de sus fantasmas, no se dejaba embaucar por los impostores, adivinaba en ciertas perplejidades una inteligencia creciente. Buscaba un alma que mereciera participar en el universo.
A las nueve o diez noches comprendió con alguna amargura que nada podía esperar de aquellos alumnos que aceptaban con pasividad su doctrina y si de aquellos que arriesgaban, a veces, una contradicción razonable. Los primeros, aunque dignos de amor y de bueno afecto, no podían ascender a individuos; los últimos preexistían un poco más. Una tarde (ahora también las tardes eran tributarias del sueño, ahora no velaba sino un par de horas en el amanecer) licenció para siempre el vasto colegio ilusorio y se quedó con un solo alumno. Era un muchacho taciturno, cetrino, díscolo a veces, de rasgos afilados que repetían los de su soñador. No lo desconcertó por mucho tiempo la brusca eliminación de los condiscípulos; su progreso, al cabo de unas pocas lecciones particulares, pudo maravillar al maestro. Sin embargo, la catástrofe sobrevino. El hombre, un día, emergió del sueño como de un desierto viscoso, miró la vana luz de la tarde que al pronto confundió con la aurora y comprendió que no había soñado. Toda esa noche y todo el día, la intolerable lucidez del insomnio se abatió contra él. Quiso explorar la selva, extenuarse; apenas alcanzó entre la cicuta unas rachas de sueño débil, veteadas fugazmente de visiones de tipo rudimental: inservibles. Quiso congregar el colegio y apenas hubo articulado unas breves palabras de exhortación, éste se deformó, se borró. En la casi perpetua vigilia, lágrimas de ira le quemaban los viejos ojos.
Comprendió que el empeño de modelar la materia incoherente y vertiginosa de que se componen los sueños es el más arduo que puede acometer un varón, aunque penetre todos los enigmas del orden superior y del inferior: mucho más arduo que tejer una cuerda de arena o que amonedar el viento sin cara. Comprendió que un fracaso inicial era inevitable. Juró olvidar la enorme alucinación que lo había desviado al principio y buscó otro método de trabajo Antes de ejercitarlo, dedicó un mes a la reposición de las fuerzas que había malgastado el delirio. Abandonó toda premeditación de soñar y casi acto continuo logró dormir un trecho razonable del día. Las raras veces que soñó durante ese período, no reparó en los sueños. Para reanudar la tarea, esperó que el disco de la luna fuera perfecto. Luego, en la tarde, se purificó en las aguas del río, adoró los dioses planetarios, pronunció las sílabas lícitas de un nombre poderoso y durmió. Casi inmediatamente, soñó con un corazón que latía.
Lo soñó activo, caluroso, secreto, del grandor de un puño cerrado, color granate en la penumbra de un cuerpo humano aun sin cara ni sexo; con minucioso amor lo soñó, durante catorce lúcidas noches. Cada noche, lo percibía con mayor evidencia. No lo tocaba: se limitaba a atestiguarlo, a observarlo, tal vez a corregirlo con la mirada. Lo percibía, lo vivía, desde muchas distancias y muchos ángulos. La noche catorcena rozó la arteria pulmonar con el índice y luego todo el corazón, desde afuera y adentro. El examen lo satisfizo. Deliberadamente no soñó durante una noche: luego retomó el corazón, invocó el nombre de un planeta y emprendió la visión de otro de los órganos principales. Antes de un año llegó al esqueleto, a los párpados. El pelo innumerable fue tal vez la tarea más difícil. Soñó un hombre íntegro, un mancebo, pero éste no se incorporaba ni hablaba ni podía abrir los ojos. Noche tras noche, el hombre lo soñaba dormido.
En las cosmogonías gnósticas, los demiurgos amasan un rojo Adán que no logra ponerse de pie; tan inhábil y rudo y elemental como ese Adán de polvo era el Adán de sueño que las noches del mago habían fabricado. Una tarde, el hombre casi destruyó toda su obra, pero se arrepintió. (Más le hubiera valido destruirla.) Agotados los votos a los númenes de la tierra y del río, se arrojó a los pies de la efigie que tal vez era un tigre y tal vez un potro, e imploró su desconocido socorro. Ese crepúsculo, soñó con la estatua. La soñó viva, trémula: no era un atroz bastardo de tigre y potro, sino a la vez esas dos criaturas vehementes y también un toro, una rosa, una tempestad. Ese múltiple dios le reveló que su nombre terrenal era Fuego, que en ese templo circular (y en otros iguales) le habían rendido sacrificios y culto y que mágicamente animaría al fantasma soñado, de suerte que todas las criaturas, excepto el Fuego mismo y el soñador, lo pensaran un hombre de carne y hueso. Le ordenó que una vez instruido en los ritos, lo enviaría al otro templo despedazado cuyas pirámides persisten aguas abajo, para que alguna voz lo glorificara en aquel edificio desierto. En el sueño del hombre que soñaba, el soñado se despertó.
El mago ejecutó esas órdenes. Consagró un plazo (que finalmente abarcó dos años) a descubrirle los arcanos del universo y del culto del fuego. Íntimamente, le dolía apartarse de él. Con el pretexto de la necesidad pedagógica, dilataba cada días las horas dedicadas al sueño. También rehizo el hombro derecho, acaso deficiente. A veces, lo inquietaba una impresión de que ya todo eso había acontecido. . . En general, sus días eran felices; al cerrar los ojos pensaba: Ahora estaré con mi hijo. O, más raramente: El hijo que he engendrado me espera y no existirá si no voy.
Gradualmente, lo fue acostumbrando a la realidad. Una vez le ordenó que embanderara una cumbre lejana. Al otro día, flameaba la bandera en la cumbre. Ensayó otros experimentos análogos, cada vez más audaces. Comprendió con cierta amargura que su hijo estaba listo para nacer—y tal vez impaciente. Esa noche lo besó por primera vez y lo envió al otro templo cuyos despojos blanqueaban río abajo, a muchas leguas de inextricable selva y de ciénaga. Antes (para que no supiera nunca que era un fantasma, para que se creyera un hombre como los otros) le infundió el olvido total de sus años de aprendizaje.
Su victoria y su paz quedaron empañadas de hastío. En los crepúsculos de la tarde y del alba, se prosternaba ante la figura de piedra, tal vez imaginando que su hijo irreal ejecutaba idénticos ritos, en otras ruinas circulares, aguas abajo; de noche no soñaba, o soñaba como lo hacen todos los hombres. Percibía con cierta palidez los sonidos y formas del universo: el hijo ausente se nutría de esas disminuciones de su alma. El propósito de su vida estaba colmado; el hombre persistió en una suerte de éxtasis. Al cabo de un tiempo que ciertos narradores de su historia prefieren computar en años y otros en lustros, lo despertaron dos remeros a medianoche: no pudo ver sus caras, pero le hablaron de un hombre mágico en un templo del Norte, capaz de hollar el fuego y de no quemarse. El mago recordó bruscamente las palabras del dios. Recordó que de todas las criaturas que componen el orbe, el fuego era la única que sabía que su hijo era un fantasma. Ese recuerdo, apaciguador al principio, acabó por atormentarlo. Temió que su hijo meditara en ese privilegio anormal y descubriera de algún modo su condición de mero simulacro. No ser un hombre, ser la proyección del sueño de otro hombre ¡qué humillación incomparable, qué vértigo! A todo padre le interesan los hijos que ha procreado (que ha permitido) en una mera confusión o felicidad; es natural que el mago temiera por el porvenir de aquel hijo, pensado entraña por entraña y rasgo por rasgo, en mil y una noches secretas.
El término de sus cavilaciones fue brusco, pero lo prometieron algunos signos. Primero (al cabo de una larga sequía) una remota nube en un cerro, liviana como un pájaro; luego, hacia el Sur, el cielo que tenía el color rosado de la encía de los leopardos; luego las humaredas que herrumbraron el metal de las noches, después la fuga pánica de las bestias. Porque se repitió lo acontecido hace muchos siglos. Las ruinas del santuario del dios del fuego fueron destruidas por el fuego. En un alba sin pájaros el mago vio cernirse contra los muros el incendio concéntrico. Por un instante, pensó refugiarse en las aguas, pero luego comprendió que la muerte venía a coronar su vejez y a absolverlo de sus trabajos. Caminó contra los jirones de fuego. Éstos no mordieron su carne, éstos lo acariciaron y lo inundaron sin calor y sin combustión. Con alivio, con humillación, con terror, comprendió que él también era una apariencia, que otro estaba soñándolo.

lunes, 22 de junio de 2009

Critica de Manuel Perez Subirana a la BArca enterrada

Como algunos ya saben, no es el primer libro de Gabriel Moreno que presento. Este que presentamos hoy es para mí el mejor libro que ha escrito hasta el momento, lo cual no es poco, teniendo en cuenta la calidad de los anteriores. No lo recuerdo, pero es posible que dijera algo parecido de los otros dos libros que presenté, pero eso lo único que evidencia, a parte de mi afán de repetición, es que su poesía se va perfeccionando cada vez más con cada nuevo libro. Perfeccionándose y, sobre todo, haciéndose cada vez más ambiciosa.
El tema de este nuevo libro, el eje alrededor del cual giran todos los poemas, es el mar, pero, evidentemente, no se trata aquí sólo de describir o de exaltar la naturaleza, sino de utilizar el mar como metáfora de nuestras propias vidas. El mar utilizado un poco a la manera del dilema hamletiano del ser o no ser. Porque, qué es preferible, quedarse en la orilla contemplando la fuerza arrebatadora de las aguas, disfrutar de las comodidades y de las ensoñaciones del hombre sedentario y correr así el riesgo de acabar promoviendo la pestilencia del que no actúa, como se dice en el verso de Blake con el que se abre el libro, o dejarse llevar por el mar, por sus promesas de aventuras y de nuevos destinos, aceptando entonces el riesgo de sucumbir a los peligros y de ser engullido por su propio abismo. Esta duda, este diálogo entre la tierra y el mar, entre la posibilidad del viaje y la necesidad de un hogar, entre el arrebato y el temor, entre el hombre de acción y el hombre contemplativo recorren todo el libro. El poeta, y con él el lector, en un intento por encontrar una respuesta a esa disyuntiva, se convierte sucesivamente en puerto, en barca, en tempestad, en faro, en lluvia, en playa, en viento, en mañana, en horizonte, en pájaro, en acantilado…, y cada una de esas posiciones le revela respuestas distintas, respuestas que parecen fluctuar por las páginas del libro con el vaivén de una ola marina. Ese recurso de contemplar el mar desde todos los puntos de vista le permite al autor ahondar en la complejidad del dilema, y diseccionar las contradicciones ante las que todo ser humano se encuentra. Porque, al final, lo cierto es que solemos desear lo que no tenemos. Y así como el que está en la orilla sueña con lanzarse al mar y dejarse arrastrar por él, el que está en alta mar con lo que sueña es con regresar pronto a puerto. No es de extrañar, por tanto, que estos poemas destilen cierta melancolía, la melancolía de saber que, se haga lo que se haga, siempre nos quedará la sensación de que hemos perdido algo. Esa multiplicidad de perspectivas de la que hablaba, le permite también al autor crear un relato complejo y al mismo tiempo tremendamente compacto, inusualmente compacto para un libro de poesía. Y ése es quizá uno de los rasgos más llamativos de La barca enterrada. La impresión que yo tenía al leerlo, y la impresión que me queda cada vez que recuerdo su lectura, es de que se trata de una poesía casi cinematográfica o novelística, pues existe aquí, no tanto un argumento, pero sí un flujo coherente, un camino que se va haciendo a medida que pasas las páginas y que va generando una imagen, una representación móvil como la que se instala en la cabeza de quien ve una película o lee una novela. Es decir, más allá de las imágenes concretas que conforman cada poema, imágenes que como siempre en su poesía son de una fuerza arrolladora, más allá de esas imágenes concretas, el conjunto del libro va generando una imagen que lo supera y lo sobrevuela, y que acaba dotando al libro no sólo una coherencia sino también una especie de trama, una trama sin argumento, un poco como lo que ocurre en las novelas de Benet, en las que son el propio lenguaje y el propio estilo los que acaban alimentando la expectativa del lector.
Se habla bastante últimamente de la necesidad de adaptar el lenguaje poético a los nuevos tiempos, de conectar la poesía con la actualidad. Este debate, que sin duda resulta muy interesante, puede sin embargo hacernos caer en la tentación de desvirtuar el universo poético haciendo pasar por poesía lo que no es más que un juego artificioso, una especie de coquetería graciosa pero absolutamente hueca. La utilización de referentes contemporáneos o la incorporación y exaltación del frikismo, por ejemplo, no garantizan por sí solos el acceso a la última realidad que nos vive. En ese sentido, para mí, este libro es un ejemplo de cómo con un esfuerzo escrupuloso y honesto y exento de cinismo se puede conseguir que los grandes temas, los temas esenciales que han ido repitiéndose a lo largo de toda la historia de la literatura, sigan resonando ahora con una música nueva, sin solemnidad ni aburrimiento.
En fin, en todo caso, todo esto que he dicho, como siempre ocurre cuando se pretende comentar un libro, tiene muy poca importancia y seguramente poco sentido, pues, al fin y al cabo, cada lectura que se hace de un libro es personal e intransferible. Así que, por una vez, y es curioso que me ocurra precisamente en un lugar como éste, me siento un poco identificado con Aznar cuando, tras finalizar su discurso en la ONU, dijo aquello de “Vaya coñazo les he soltado”.

lunes, 8 de junio de 2009

sábado, 4 de abril de 2009

Mid-Town

Mid-Town

Ven, marcha conmigo esta noche,
levantemos el polvo,
dejemos nuestra carga,
un pueblo en el desierto
es una isla de esperanza.
Buitres, putas, guitarras;
el olvido nos congregó
para exaltarnos.
Si he de desaparecer
que sea cantando.

Ven, que nos vean los posmodernos,
que atrapen nuestros pájaros,
que burlen nuestro sueño,
alguien ha de hablar
para brindarnos un silencio.
Miedos, recuerdos, tiempo,
buscamos el perdón
en la falda del espacio.
Si hemos de perder
que sea cantando.

Ven, avisa a todo lo que importe,
alejemos la frontera,
instiguemos la distancia,
una casa en la arena
es un faro de esperanza.
Duelos, bandidos, visionarios,
la soledad nos invita
a conquistarnos.
Si he de permanecer
que sea cantando.